Catalina Bu, ilustradora: “Perdí la vergüenza de que mis monos fueran feos”

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Catalina Bu es la autora de Diario de un Solo (Catalonia), un cómic sobre un personaje que vive solo y que disfruta su soledad. La mayoría de las veces, prefiere ponerse audífonos antes que iniciar una conversación, quedarse en su casa viendo Netflix antes que salir con los amigos e inventar una excusa para no ir a trabajar y quedarse en la cama. El jueves 19 de noviembre conversamos con Catalina Bu en Biblioteca Viva Egaña.

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Catalina Bu en Biblioteca Viva Egaña

 

Han sido muchos los que se han sentido identificados con Diario de un solo, de Catalina Bu. Tuvo éxito primero como webcomic y luego también como libro, cuando fue publicado el primer volumen por Catalonia el 2014. Recientemente Catalina Bu lanzó Diario de un solo 2 y nuevamente alcanzó llegar a los rankings de libros más vendidos. El solo, al parecer, no está tan solo. En Biblioteca Viva Egaña, Catalina Bu fue entrevistada y se encontró con sus lectores.

—En el prólogo del Diario de un solo 2, Constanza Gutiérrez considera al protagonista un héroe: “Se atreve a escapar de todos y a olvidar cada una de las aburridas obligaciones sociales que se le imponen. El solo hace todo lo que queremos hacer, pero no nos atrevemos”. ¿Lo ves tú también como un héroe?

solo2—La palabra héroe la ligo a alguien con capa, a un súper héroe. Y creo que lo interesante del solito es que es una persona más nomás. Una persona que te puedes encontrar comprando el pan debajo de tu casa. Una persona común y corriente, más común y corriente incluso que yo.

La parte heroica del solito es para mí algo bien simple: tiene la capacidad de evadir la penitencia infinita que es la vida social a veces. Para mí el solito es un héroe porque yo he aprendido a través de él a bajarle el pelo a ese tipo de cosas. Y a mucha gente le pasa lo mismo. Es verdad que es mala influencia el solito, es medio canalla y se queda dormido en vez de ir a trabajar, pero hay cosas que no son tan importantes como uno cree y que uno hace solo por cumplir, cuando en verdad no es necesario. Es un héroe sin vergüenza, literalmente.

Algo que me sorprendió es que las personas pensaron que el Diario de un solo era de alguien solitario que siempre estaba triste. Yo dibujo solo una parte del personaje, la parte donde él elige estar solo, que es una soledad necesaria, donde uno se conoce a uno mismo. Soledad que a mí también me costó entender. Esa soledad en la que uno deja de depender de la gente para estar feliz. No está triste el solo. O sea, si no puedes estar contigo mismo, no puedes estar con nadie más. Creo que es importante entender que hay que valorar ese momento. Es una opción que no es terrible, vergonzosa, ni deprimente.

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—Lo que vemos del solo es su cotidianidad. Está en tu libro, por ejemplo, la sección “Fracasos diarios”, que puede ser lavar una cuchara en el lavaplatos y mojarse la ropa o meterse a la ducha y olvidar la toalla.

—En el fondo el trabajo que yo hice de guion al principio fue súper orgánico. Empecé a dibujar porque empezaron a pasar un montón de cosas en mi vida —temas personales, ligados a la soledad y a enfrentarme a la adultez sin tener idea de cómo hacerlo— y porque tenía ganas de explorar en el comic. Cuando empecé a hacerlo no tenía un trabajo de guion y ese tipo de cosas cotidianas se empezaron a transformar en mi guion. En una hoja, que se llamaba “Ideas para dibujar”, iba anotando: dibujar cuando se te queda afuera la toalla, cuando pisai agua con calcetines después de ponerte calcetines cómodos y secos. Y así fui anotando estas tonteras que me daban ganas de dibujar.

Y empecé a dibujar nomás, me tiré a la piscina. Eso significó que no le puse nombre al personaje, ni ciudad. Lo que fue bueno, porque quedó en algo amplio que funcionaba para cualquier persona. Físicamente es un hombre, pero como no habla de temáticas masculinas, las mujeres también se sienten identificadas con él. Queda abierto el nombre, la ciudad y hasta queda abierta la casa donde vive, que siempre va cambiando. A veces está en un edificio, otras veces en una casa con patio, da lo mismo. La idea es más bien hablar de otra cosa. Y funcionó así, aunque no fue pensado.

Uno a veces tiene mucho miedo de enfrentarse a un trabajo porque cree que tiene que resultar increíble y que el guion tiene que ser maravilloso y hablar de algo fantástico —tipo Watchmen—, que vuele la cabeza. Pero me di cuenta de que en el fondo las cosas que a mí se me hacían más simples dibujar y que me atraían eran las cosas más cotidianas. Y resultaron funcionando súper bien.

—Tu dibujo es más bien simple. No es prolijo y tiene sólo dos colores. ¿Cómo llegaste a tu estilo?

Perdí la vergüenza de que mis monos fueran feos, perdí la ambición de que mis monos fueran proporcionales y fieles a la realidad

—Perdí la vergüenza de que mis monos fueran feos, perdí la ambición de que mis monos fueran proporcionales y fieles a la realidad. Cuando empecé a dibujar, quería hacerlo perfecto y que las caras me quedaran increíbles; pero eso era lo que probablemente no podría hacer, entonces iba a sentirme frustrada por el resto de mi vida porque nunca podría dibujar tipo Da Vinci. Entonces, una parte de mí abrazó esta falencia, el dibujar feo.

Otra cosa es que el libro es azul. Parece fácil, pero dibujar y pintar un cómic de varios colores es súper difícil. La cromática es compleja. Hay que saber de colores. Yo cuando me pongo a pintar agarro todos los colores y después todo se ve café. La gracia de este comic para mí era tener completa libertad. No pasarlo mal haciéndolo. Este comic fue un escape a la pega que sí me daba lata hacer, pero que paraba la olla. Entonces quería libertad, que significaba abrazar esta manera mía de dibujar más desordenada, más fea. Al perder la tensión las cosas fueron saliendo mucho mejor. Prefiero priorizar ideas por sobre una técnica especifica. Lo mismo pasa con el guion. De lo más simple puede salir lo más interesante. Aunque sea hablar de alguien que está viendo tele.

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—Diario de un solo, podríamos decir, se inserta dentro de una tradición de cómics actuales que no son de superhéroes, ni de grandes aventuras; sino que son sobre personas comunes y corrientes. Como estamos en una biblioteca, me gustaría hablar de los cómics que te gustan, los que te hicieron ver que otro tipo de cómic era posible.

—Mi relación con el cómic es bien popular. En algún momento me sentí mal porque en reuniones con otros dibujantes nombraban comics increíbles y me preguntaban “¿Cómo no lo conocís?”. Y no lo conocía. Así que me aprendí el nombre del que hacía Los Simpsons, Matt Groening, y lo nombraba como uno de mis dibujantes favoritos. Lo que era decir que me gustaban Los Simpsons de una manera mucho más intelectual.

Nunca tuve una relación estrecha con el comic de aventura, creo que porque no me sentía identificada con ellos. Hay cosas que admiro de Marvel y DC, pero de lejos. No soy una comiquera, no soy erudita del tema. El cómic me interesaba sobre todo por la gráfica, era como una película dibujada. Pero siempre lo relacioné con los comics de aventuras y superhéroes. Más grande empecé a estudiar comic y descubrí a autores como Daniel Clowes, que es el autor de Ghost World, que hablaban de personajes más sencillos y cotidianos, más perdedores, más dramáticos a veces y que no tenían a superhéroes. Conocí el cómic independiente, que no era estricto, que a veces era hasta incoherente. Fue entonces cuando le saqué este estigma al comic, pensé que podía hacer algo más personal.

—Has dibujado también poemas de Claudio Bertoni. Que tiene hartas coincidencias con el protagonista de tu libro. Él es un poeta muy solitario que escribe de lo cotidiano en un lenguaje cercano.

—Bertoni me gusta harto. Lo he leído esporádicamente. No soy en general muy lectora de poesía. Pero hay unos textos de Bertoni que me han llegado al corazón y creo que se pueden interpretar y creo que eso es lo más lindo. No me gusta mucho la poesía, pero leo las letras de las canciones, que son también poemas al leerlas sin música.

Bertoni logra ver la sencillez de las cosas. Que es algo que yo también busco. Las cosas más lindas están en los detalles

Mi relación con Bertoni ha sido ligeramente importante por este libro y por un comic que es de una sola plana que hice para el Museo de la Memoria y que fue un comic que me importa mucho en mi trabajo. Interpreté su poema “Soñar no cuesta nada” en un guion de un comic. Es sobre alguien que está esperando a alguien que no va a volver. Es súper triste. Vi que era muy cercano y que se podía interpretar bonito.

No viví la dictadura, pero sí me puedo poner en los zapatos de alguien que siente la ausencia de otra persona. Y esa empatía se logra con el arte. Por supuesto, mi libro es más tonto que ese poema de Bertoni, pero aprendí que cuando eres capaz de contar algo muy simple y generar ese puente entre tú y otra persona, la conexión es muy fuerte. Y se da en las cosas más ridículas. Como con una cumbia que escuchas en la micro justo después de que te patearon, que está relatando justo lo que estas sintiendo y se transforma en algo potente. Ese cantante de cumbia se transforma en alguien que está interpretando tus sentimientos. Eso es súper importante para mí.

Bertoni logra ver la sencillez de las cosas. Que es algo que yo también busco. Las cosas más lindas están en los detalles y en las cosas cotidianas. He aprendido a ver eso.

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—Lo que más tiene el Diario de un solo es humor, sin embargo. Y hacer humor no es fácil, menos en un libro. ¿Cómo haces un chiste?

—Esa es la parte más difícil de cuando dibujo. Porque ser triste no es tan difícil, pero ser chistoso sí. Es algo que admiro infinitamente. Me cae bien la gente chistosa. Me gusta la gente que es capaz de tirar una talla que puede ser hiriente si yo la digo, pero si la dicen ellos no. Que es algo que tiene Alberto Montt, por ejemplo. Es súper directo, capaz de decir cosas muy crudas pero no hiere a nadie. Algo que si yo dijera quedaría la cagá. La gente chistosa me gusta mucho. Me gusta el humor gráfico. Bob Mankoff, que es el editor de los dibujantes del New Yorker, una revista con mucho humor, dijo: “Si algo vale la pena ser dicho, vale la pena ser dicho chistoso”. Estoy muy de acuerdo.

El solito en mi mente tiene una línea editorial y voy observando en cualquier momento cosas que me dan risa que le vienen a este personaje. Desde algo que vi, algo que alguien me dijo, algo que recordé y exagero. Hay un ejercicio liviano de observación donde voy recolectando secretamente todas estas ideas en este block de notas. Ahí están estos pequeños chistes.

Mis referentes de humor son también bien populares. Veo harto Netflix. Me gusta Friends, Modern Family. Comedias livianas y chistosas.

—Este segundo volumen de Diario de un solo tiene otros recursos gráficos, más pausas.

Tiene un ritmo distinto. En el primero era “tacatacataca” y terminaba. Este tiene pausas, respiros. Y me entretenían también estas imágenes de una sola página. Empecé a jugar con otras cosas.

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—¿Cómo es la relación del libro impreso con internet?

—Lo interesante de internet es que antes un ilustrador que quería publicar su trabajo y hacerlo conocido tenía que imprimir un fanzine, una publicación en fotocopia, bien punk, y hacer un tiraje con lo que le alcanzara. Pero la cantidad de gente que podías alcanzar era limitada. Tampoco podías saber si le había gustado a alguien o no. Internet tiene una ventaja, que es que este tipo de autoedición ahora puede ser un webcomic, que se puede difundir, y que te puede entregar incluso datos duros, como cuánta gente lo vio al día o lo compartió. Hay estadísticas de hasta qué edad tienen las personas que lo ven. Ese tipo de información es súper valiosa para saber si está funcionando lo que estás haciendo. Y se difunde mucho más rápido. Y es información valiosa también para las editoriales.

Ahora, internet también tiene doble filo porque hay gente que dice estupideces, todos lo sabemos. Uno puede sentirse mal, hay comentarios horribles, que te pueden deprimir. Hay que tener cuidado. Internet está abierto a que la gente opine. No me han troleado tanto porque mi trabajo no es tan complejo. No es lo mismo que Malaimagen, por ejemplo, que es un humor político y toca más fibras. Ese humor tiene un feedback más complejo.

Pero gracias a internet mi trabajo ha sido conocido. Tengo la fortuna de haber llegado en el momento preciso. Nunca he tenido que andar con mi portafolio bajo el brazo.

Todo el Diario de un solo 1 lo subí a Internet. No he querido todavía subir el 2 porque quiero dejarlo impreso todavía. Y que sea algo nuevo para los lectores. A veces ellos mismos alegan. Hace poco me llegó un troleo que vi cuando puse #Catalinabu en Instagram y alguien decía sobre el 1: “Este libro es una estafa, todo estaba en Internet”. Y sus amigos la apoyaban. Fue horrible verlo. Quería contestar, pero me aguanté. Hay que dejar esas cosas pasar.

Sobre Catalina Bu

burecCatalina Bustos Mendoza (Catalina Bu) nació en Concepción, Chile en 1989. A los 19 años se mudó a Santiago donde estudió Ilustración profesional. Su primer libro, Diario de un Solo, se lanzó el 2014 con una gran acogida del público y la prensa, convirtiéndose rápidamente en uno de los libros más vendidos en Chile, con tres ediciones en menos de un año. Ha sido invitada en ferias internacionales del libro en Colombia, México, Argentina e Italia, y actualmente trabaja como ilustradora independiente, dedicada a la ilustración editorial, en libros y revistas nacionales.

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