El poder del rosado: tres escritoras chilenas contemporáneas

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Camila Vargas, mediadora de lectura de Biblioteca Viva Trébol nos recomienda Epecimen de  Eleonora Aldea, Todas somos una misma sombra de Catalina Infante y Niñas Ricas de María Paz Rodriguez,  tres libros de escritoras locales actuales, que comparten algo más que el color rosa de sus portadas.


¿Cuáles son los síntomas previos a un ataque al corazón? Desde que tengo memoria, se me explicó que se sentía adormecimiento del brazo izquierdo y dolor o ardor agudo en el pecho durante cinco minutos o más. No obstante, hace poco descubrí que, si yo sufría un infarto, podía presentar signos de alerta adicionales, como dificultad para respirar, náuseas o vómito y molestias en la espalda o mandíbula. ¿Por qué entonces solo conocía los síntomas masculinos? ¿Por qué sus síntomas se consideran universales si solo representan a la mitad de la población mundial?

En las palabras de Nuria Varela, “si las mujeres hubiesen podido hablar, hoy los pueblos seríamos más sabios. Habríamos aprendido los conocimientos de los nueve millones de mujeres quemadas en la hoguera, porque eran tan inteligentes que parecían brujas. Recordaríamos por ejemplo el nombre de Murasaki Shikibu, la mujer que escribió la primera obra considerada una novela en el mundo. Fue en Japón en el año 1010”.

Inspirada en el artículo Partir por casa (2014), de Arelis Uribe, este año decidí leer (y comprar) sobre todo libros escritos por mujeres. Y así es como conocí a Eleonora Aldea Pardo, Catalina Infante y María Paz Rodríguez, autoras chilenas actuales cuyos libros comparten portadas rosadas. Y fue mágico descubrir que en sus agradecimientos,  se mencionan entre ellas: María Paz a Catalina, por ser de sus “primeras lectoras y editoras”; Eleonora y Catalina a María Paz, respectivamente, “por ofrecerme hacer un libro y cumplir mi, literal, sueño de vida”, y “por respetar la extrañeza de estos cuentos y confiar en mí”.

En tipografía, un espécimen es una publicación en la que se presenta una familia tipográfica. Por esta razón, el libro de Eleonora Aldea Pardo, Especimen (Neón Ediciones, 2017), es un libro objeto, satisfactorio tanto a nivel visual como de redacción: La autora traza a mano las 27 letras del alfabeto con las cuales explica algún concepto clave con sus vivencias, convicciones o sentimientos. Por ejemplo, con la letra A, amor; con la letra B, baile; con la letra T, treintas; con la letra V, Viña del Mar —su ciudad natal—, con la letra X, triple x. Además de experiencias personales (tan personales como el nacimiento prematuro de su segundo hijo). La obra encierra frases de canciones favoritas en lettering, citas, pensamientos random, miedos, inseguridades, esperanzas y amor, mucho amor. Amor y gratitud por sus padres, amor y entrega por sus hijos, amor y admiración por su esposo.

Aunque lo que más amo de Especimen es cuan real es su escritora y cómo logra que me identifique y emocione con vivencias que si bien no experimenté, me resultan posibles por el simple hecho de ser mujer. Y empatizo y siento y reflexiono y extrapolo a mi propio presente intentando absorber cada palabra para ser igual de valiente y no censurarme en nada que me haga sentir bien.

“El juego “yo nunca nunca” es mi favorito (…) Para mí el que gana el juego no es el que no toma. Es el que ha hecho tantas cosas que toma en cada ronda. Aunque termine vomitando, enfermo. Intoxicado de experiencias”.

Eleonora Aldea Pardo y su libro Especimen. Fotografía: The Pocket.

 Todas somos una misma sombra (Neón Ediciones, 2018) de Catalina Infante, es un libro de ocho cuentos en el que cada protagonista ha perdido algo. Suena a una premisa sencilla, pero nada más lejos de la verdad. A mi parecer empieza “suave”, con la historia de una mujer que se instala en una isla del sur de Chile escapando de una relación amorosa que terminó. El formato de este relato es de correspondencia, cartas que nunca llega a enviar a su expareja pero que dejan entrever la culpabilidad y confusión que se siente aun siendo quien tomó la decisión de alejarse por el bien de ambos.

“Sé que te estarás preguntando por qué no te he escrito desde que me fui. Lo estoy haciendo; he logrado ordenar mi cabeza y tengo mucho para confesarte. Sin embargo, cada vez que me siento a escribir termino olvidando lo que quiero decirte. Hoy, por ejemplo, quería escribirte sobre mí, del porqué elegí esta isla para terminar contigo; es el último lugar donde se te ocurriría buscarme”. Se puede leer en sus páginas.

Aunque el objeto, persona o sentimiento perdido cambie, la nostalgia y la tristeza se siguen sintiendo en los cuentos posteriores, cada vez acompañados de una mayor rareza, una incomodidad latente, aunque difícil de expresar. Recomiendo el primer libro de realatos de Catalina Infante, quien me recordó a la argentina Mariana Enríquez, porque también va de menos a más, porque su ficción en principio realista, se vuelve ciencia ficción pura en la joya que es el último cuento que da el título al libro.

“Ellos no sobrevivieron. Sufrieron los estragos por la falta de sueño, algunos perdieron la cordura, otros no se levantaron más. Quemamos sus cuerpos en la hoguera como un ritual, uno a uno a medida en que fueron cayendo. Hicimos rezos que hablaron del calor y de la luz y agradecimos sus sacrificios. Los lloramos. Lloramos esos cuerpos azules y tiesos de todos los hombres, que no resistieron ni el frío ni la noche ni la confusión de esos no-días”.

Su voz minimalista, sensible y melancólica nos invita a permitirnos sentir con total libertad los sentimientos negativos que solemos reprimir, a sufrir con nuestras propias reglas y a usar ese dolor para crear algo nuevo y mejor.

Catalina Infante, autora de Todas somos una misma sombra. Fotografía: Culto.

María Paz Rodríguez es la escritora más avezada de las tres. Niñas ricas (Alfaguara, 2018) es su tercera publicación después de El gran hotel (2011) y Mala madre (2015), aunque esta vez no sea una novela sino cinco relatos. Los disfruté porque develan reacciones y etapas con las que mujeres de distintas edades se pueden identificar, la adolescente torpe e insegura que admira a su compañera de curso perfecta, misteriosa e inalcanzable, la adulta joven intentando no deprimirse cuando su novia más joven la deja, aburrida de su inaccesibilidad emocional, la esposa frustrada tras una vida de promesas vacías y necesidades económicas, la mujer cuarentona en proceso de divorcio que se mete con un adolescente un verano y la mujer de treinta privilegiada con todo menos el milagro de la concepción y su hosca madre millonaria a quien le debe eterna gratitud por llevar una vida de comodidades.

Si bien en contextos y edades distintas, los relatos cuentan con un elemento común: ser mujer y cómo nos relacionamos entre nosotras. Recuerdo que cada vez que tenía un conflicto con alguna niña compañera de curso, los adultos en mi familia me explicaban “es que te tiene envidia”. Ahora, ya grande, lo analizo y encuentro que ese argumento no tiene ningún sentido. Envidia de qué, si no tenía barbies, envidia de qué, si no sabía andar en bicicleta, envidia de qué, si era descoordinada para bailar axé en los recreos. En esta llamada cuarta ola feminista creo que uno de los aspectos más relevantes es la sororidad como acto político. Pero es difícil. Leyendo Niñas ricas, analicé un poco más cómo me relaciono con todas las mujeres a mi alrededor: mamá, hermana, primas, clientas, vendedoras, vecinas, familiares y amigas. Me arriesgo a decir que todas tenemos relaciones que mejorar con nuestras congéneres.

“Año a año, la vida de mis amigas, de mis amigos, evolucionaba. O así lo sentía yo. Al principio el cambio era ligero. Terminaban la universidad, encontraban un trabajo, luego otro mejor. Viajaban por el mundo buscándose a sí mismos: Sudeste Asiático, Australia, Europa. Y a la vuelta, sin descubrirse a sí mismos, se casaban, compraban una casa, un perro, un gato, y pronto aparecía el epítome de la vida adulta: los hijos”.

Recomiendo leer a María Paz Rodríguez para disfrutar de una gran escritora pero por sobre todo, para enfrentarnos a nuestros complejos, inseguridades y temores y tomar de ejemplo a otras mujeres, aunque ficticias en este caso, para superarlos.

“Las niñas vivimos la adolescencia y juventud intentando ser como nuestras madres. O como las otras niñas (…) Siempre, o casi siempre, estamos mirando a otras mujeres para sobrevivir. Y cuando por fin somos grandes, queremos retroceder el tiempo perdido. Años dedicados a agradar e impresionar al resto, inconscientes de lo corta que es la juventud y de lo rápido que pasa el tiempo después”.

La escritora María Paz Rodríguez. Fotografía: Pousta.

De niña odiaba el rosado, lo sentía una imposición terrible. Cuando mi mamá me intentaba comprar ropa de ese color, yo elegía la versión en celeste (afortunadamente, siempre me dejó elegir). Ahora me he reconciliado con el rosa, y en la ironía de que desde tiempos remotos se haya asociado a las niñas, ahora encuentro que la reapropiación de nuestro color “predeterminado” es hasta poderosa. Cuando me encuentro un libro de ese color le presto atención, curiosa de lo que la mujer que lo escribió tiene para decir.

Si algo bueno tuvo este 2018 fue la extensa búsqueda femenina por hacer escuchar su voz, sus demandas, sus testimonios: la versión de la historia de la mitad del mundo históricamente olvidada, silenciada por siglos y deseosa de reivindicarse. Las mujeres son bacanes, tienen mucho para contar y lo hacen bien. Es tiempo de leerlas.

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