Fantasía épica: La construcción de mundos y la invención del otro

caballero oscuro

Probablemente desde los comienzos de la literatura, el enfrentamiento épico y, hoy diríamos, de tintes fantásticos entre un grupo humano y otro, entre una cultura y otra, constituye la base para el desarrollo estético y ético en torno a la figura del «otro». En Homero, los troyanos eran «otros» para los aqueos, y así también en los orígenes de la historia, Heródoto no se abstuvo de cimentar su relato a partir de la comparación entre el pueblo griego y todos los demás. Ha sido desde los comienzos un enfrentamiento que forja identidades. Por: Tamara Alvarado

En numerosas ocasiones, la literatura fantástica de hoy se hace heredera de esta tradición y desarrolla con la libertad que otorga el género, esa relación, esa puesta en escena de tales encuentros y desencuentros, generalmente puestos en evidencia desde la perspectiva del joven protagonista. En estos casos, su rol es crucial puesto que desde su inocencia, rebeldía y curiosidad, es capaz de descubrir para sí mismo y para el lector, las flaquezas del ser humano precisamente a partir del momento en que su comunidad se ve o se cree amenazada por otros.

Paradigmático es el caso de la novela de Sedgwick, La amenaza del caballo oscuro, la historia de una tribu que, antes de la amenaza de un «otro» más poderoso, estaba ya abatida por sí misma: el poder absoluto del jefe no se acompaña de sabiduría ni empirismo, el miedo cala profundo pues pareciera que aquellos hombres simples han optado por dejar que la naturaleza determine al cien por ciento sus vidas. Ya antes de la amenaza real, el hambre, la enfermedad, la humillación social, se han configurado en armas contra estos seres que bien podrían haberles dado combate y salir victoriosos. Cuando Sigurd lo comprende, parecer ser demasiado tarde.

La literatura fantástica juvenil se enriquece no solo con el enfrentamiento desencadenante del héroe, sino en la conceptualización del bien y del mal, tan caricaturizado en otras novelas fantásticas.

El arribo del bárbaro finalmente, del «otro», es por cierto lo que desencadena la trama, la épica propiamente tal, con sus enfrentamientos descarnados, sus muertes, y su heroicidad. Y sin embargo es también el momento en el que el «yo» del protagonista, que es al mismo tiempo el «yo» de su comunidad, vive el turbulento remezón de verse a sí mismo, desnudo, herido y, al mismo tiempo, como agente directo de todos sus males: ¿no han sido la ignorancia y los prejuicios los que han dado cabida en primer lugar, a aquella contienda infernal? Es lo que está presente en Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin y también en la reciente saga chilena Las cenizas del Juramento de Joseph Michael Brennan. Ignorar a la humanidad que permanece extramuros parece ser en todos los casos el origen de la maldición que acomete a aquellos, momentos antes, tan seguros de su civilidad, resguardados de la barbarie y amparados en su tradición. La saga de  los confínes de Liliana Bodoc remite igualmente a ese contexto primigenio, que nos apela a todos, jóvenes y adultos, a interiorizar el reflejo que otorga al hombre moderno la representación literaria de comunidades ancestrales. En estas obras, la literatura fantástica juvenil se enriquece no solo con el enfrentamiento desencadenante del héroe, necesario siempre para esta épica contemporánea, sino también y sobre todo, en la conceptualización del bien y del mal, tan caricaturizado en otras novelas fantásticas, y aquí tan propiamente humano. La amenaza del mal no emerge de un ser oscuro, sobrenatural, intrínsecamente malvado, sino como lo expresa fantásticamente la obra de ciencia ficción de Doris Lessing, Historia del general Dann y de la hija de Mara, de Griot y del perro de las nieves, emerge de la propia humanidad, de su encarnizada lucha histórica por los dominios y recursos. Es la invención del «otro» para justificar el repliegue o el avance, la violencia en fin, que mueve y fortalece la épica contemporánea.

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