Lewis y Tolkien, la odiosa comparación

SPECIAL PRICE. The late British author J. R. R. Tolkien pictured in Oxford, 1972. He was elected an Honorary Fellow of Merton College in 1971. Tolkien died in 1973.

Dos pesos pesados de la literatura fantástica a nivel universal que muchas veces han sido comparados. Diego Olate, mediador de lectura de Biblioteca Viva Los Ángeles, reflexiona al respecto, haciendo un recorrido por sus lecturas de niñez y adolescencia, recogiendo elementos de obras tan populares como Crónicas de Narnia y  El Silmarillion

¿Qué sería de los movimientos artísticos sin las rivalidades? Quizá la de C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien sea una de las más conocidas: la historia de unos  amigos que se distanciaron, supuestamente, por una pugna de poder, por celos profesionales, por egos exacerbados. Todos quienes en algún momento disfrutamos de la literatura fantástica conocemos la historia y sabemos que hablar de Lewis es siempre terminar hablando de Tolkien, pero no al revés. Es bien visto decir que Lewis es un estado previo a Tolkien, apelando al entramado y la complejidad del segundo; a saber, que a Lewis se le lee siendo un niño y a Tolkien escuchando el llamado de la madurez intelectual de la adolescencia. Quizás debido a una sencillez mal entendida o a la carga peyorativa que en ocasiones recibe lo didáctico, Lewis es siempre situado un escalón más abajo. Tal vez los vestigios de la infancia concebida como un estado imperfecto llevan a que su obra no reciba el crédito correspondiente, obviando el rol preponderante que en Lewis juegan las atmósferas y las sensaciones, en una etapa en que los aromas, las texturas, la intuición y el lenguaje no verbal son factores trascendentales. Estos construyen recuerdos imborrables que llegan hasta la adultez con tanta o mayor fuerza que en el momento en que se forjaron.

Probablemente las delicias turcas sean el mejor ejemplo para delinear a un lector específico y posteriormente establecer la estrecha relación que el autor genera con su audiencia.

En Lewis el objeto numinoso no es de oro ni radica en el poder o el dinero; el autor no apela a los complejos de un adulto sino a los miedos que rondan el subconsciente de un niño. Edmund Pevensie, el personaje que en Las Crónicas de Narnia encarna la debilidad, incurre en la traición sucumbiendo al azúcar, o más específicamente a las delicias turcas –golosinas azucaradas y esponjosas utilizadas como cebo por La Bruja Blanca para hacer del niño un delator de sus hermanos–. El lector siente complicidad y se pregunta si en sus zapatos adoptaría una actitud diferente ante semejantes delicias, tan cuidadosamente narradas y adictivas, sin parangón en nuestro mundo real. El autor apela en su relato a toda la información asimilada por los cinco sentidos de un niño, probablemente reprendido en más de alguna ocasión por comer demasiados dulces, situando a estas golosinas en un plano inalcanzable.

Las delicias turcas son a Narnia lo que la manzana del génesis al mundo bíblico de los adultos. Creyente ferviente, profundamente cristiano, Lewis comienza su obra de atrás hacia adelante; es decir, utilizando –como tantos otros creadores– las herramientas propias de su disciplina para deslizar su verdad absoluta, su monólogo interno. Las figuras literarias le permiten explicar el bien y el mal con peras y manzanas, le permiten dotar a cada uno de sus personajes de las virtudes y debilidades propias de la especie humana. Recordemos que Lewis llega a escribir durante su vida incluso algunos libros de carácter netamente religioso, como menciona A.N. Wilson en la biografía del autor irlandés.

Pero Lewis supo ir un paso más allá, hasta saberes laicos, dotando a Narnia de una densa y profunda carga psicológica, donde cuatro hermanos caen presos de la curiosidad infantil, se sobreponen al miedo a lo desconocido y atraviesan la figura del umbral que representa el ropero; suministrando este miedo en su justa medida, sin llevarlo al extremo de lo traumático, entendiendo el contexto de una edad en que se teme a la oscuridad y a algo agazapado en ella.

Mientras Tolkien es un bullicio incesante de espadas y nombres, hermanos y primos, árboles genealógicos de nunca acabar –como apreciamos en El Silmarillion, por ejemplo–, el silencio es un factor preponderante en Lewis. Su relato se emplaza en la nieve, en un bosque, donde el invierno es eterno producto de un poderoso maleficio, las escenas son de pocos personajes como en El león, la bruja y el ropero, donde todos murmuran para no ser escuchados por la figura de poder y cada vez que uno habla los otros parecen escuchar, incluso guardar silencio para que nosotros también escuchemos; el mensaje es muy importante. Lewis es pausado, parsimonioso, hace caer lentamente al lector en un trance, sentirse desamparado sin la figura materna en medio de un bosque encantado; pero insisto, sin hacerlo caer en la desesperación.

Quizás como un anhelo por recordar esas atmósferas tan potentes que me transportaban a un mundo maravilloso, intenté hace un par de meses leer nuevamente a Lewis. Para mi decepción ya no tiene en mí influjo alguno y solo me queda escribir sobre él desde el recuerdo, fresco como ayer, pero inalcanzable como las delicias turcas.

En algún momento me hice inmune a Lewis, no así a Tolkien a quién todavía puedo leer entendiendo por qué me gustaba. Quizás sucumbí a los más grandes miedos de Peter Pan o me transformé en el Renton del final de Trainspotting. En otras palabras, decepcioné a mi yo de hace unos veintitantos años.

Sospecho que hay algo que se extravía en nosotros en el intertanto en que nos hacemos adultos y que probablemente jamás podremos recuperar. Pero lo que se perdió en Lewis no es su culpa, –bueno, tampoco la de nosotros–, es solo que crecimos. Algo se desactivó en nosotros que hace que su magia sea solo un dulce recuerdo.

Esto me lleva a hacer una invitación a las niñas y niños del mundo para que lean a Lewis. ¿Por qué es importante que lo hagan? Porque quizás sea la única oportunidad que tengan de entenderlo y experimentarlo en pleno.

Tolkien supera a Lewis por la odiosa costumbre que tenemos los adultos de compararlo todo. Por eso y porque los ránkings no los hacen los niños.

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