Metáforas de la muerte: de epitafios y otras despedidas

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Los epitafios adquieren diversas formas; los hay cortos, reflexivos, con información acerca de quién yace en la tumba o con mensajes de las familias u otros seres cercanos. Nuestra mediadora Katherine Cáceres hace un recorrido por sus memorias y lecturas para hablarnos desde un punto de vista cultural sobre la muerte y de los llamados poemas del lamento.

Por Katherine Cáceres, desde BV Los Ángeles

 

La muerte en nuestra cultura tiene múltiples y diversas celebraciones, aunque en ocasiones resulte difícil hablar sobre ella. Hemos adornado con flores y máscaras uno de los más grandes tabúes de nuestra historia. También hemos creado ritos fúnebres, hemos destinado lugares para el resguardo de féretros y hemos hecho intentos de acercarnos desde lenguajes eufemísticos a este territorio inexplorado. Sin embargo, el morir sigue siendo una incógnita, algo escurridizo — más aún para la palabra— , a pesar de que el memento mori es recurrente en nuestra cotidianidad.

La festividad del Día de los Difuntos es uno de nuestros rituales de conmemoración de la muerte en Chile y su procedencia es la religiosidad popular tradicional. El día de su celebración es feriado en nuestro país y habitualmente hay visitas al cementerio y coloridas ofrendas para adornar los sepulcros, entre otras manifestaciones. Mi niñez tiene la mirada puesta en los epitafios, esos intrigantes versos que están encima de las tumbas y que recuerdo como pequeños libros de mármol; mi memoria adulta, recorre en bicicleta aquella necrópolis que es el Cementerio General de Recoleta, en una visita guiada.

La belleza de las esculturas y arquitectura, junto al diseño de sus espacios, entre otras cosas, configuran este lugar como un referente museográfico de suma relevancia para la historia y la memoria de nuestro país. En mi recorrido por el cementerio, entre las esculturas de Rebeca Matte, de Samuel Román y de José Perotti, la ruta me conduce a los versos de Raúl Zurita en un muro-montaña con nombres escritos en piedra, pegados los nombres al memorial de Detenidos Desaparecidos instalado en una de las entradas de avenida Recoleta, pegados como el amor pegado a las rocas, al mar y a las montañas: el gran epitafio que me devuelve al presente.

 

Epitafio del escritor Vicente Huidobro | FOTO: Sech.cl

 

Lakoff y Johnson en su libro Metáforas de la vida cotidiana (1980) proponen un modelo para acercarnos al uso que hacemos de las formas poéticas en nuestras maneras de crear y comprender la realidad. Este modelo describe cómo nuestra percepción del mundo se basa en asociaciones cognitivas con las que relacionamos unos conceptos con otros, sobre todo con las experiencias más cercanas, a través del uso del lenguaje figurado. Desde allí podemos ver cómo despedimos a nuestros seres queridos y nombramos sus muertes como un sueño, como el final de un largo viaje, como el descanso eterno, como una llama que se apaga. Abismar en esas zonas profundas de la consciencia y del dolor ha tomado distintos caminos en aquellos libros de frío mármol que cubren a quienes yacen en las tumbas. Las formas poéticas del epitafio, por tanto, se convierten en un puente que nos acerca a nombrar lo inefable, ese misterio que es la muerte para nuestra especie.

Los epitafios, palabra que proviene del griego, y se compone de ‘encima’ y ‘tumba’, adquieren diversas formas, los hay cortos, reflexivos, con información acerca de quién yace en la tumba o con mensajes de las familias u otros seres cercanos. Estos representan un sentir que se expresa desde nuestro acervo cultural y, por tanto, conforman nuestra identidad, son parte de nuestra memoria. Nos muestran formas de entender la muerte: cada epitafio es parte de una orquesta de voces que da cuenta de un imaginario colectivo compuesto por un sinnúmero de experiencias sobre lo mortuorio.

En ocasiones, los epitafios presentan una advertencia para el lector. Quizá más de alguna vez nos hemos encontrado con este recurrente epitafio dirigido a los transeúntes: «Caminante, no hagas ruido, baja el tono de tu voz, que mis queridos padres no se han ido, solamente están dormidos en los brazos del Señor». Además de pedir silencio a quien pasa, vemos cómo el imaginario del sueño emerge y de alguna forma alude a la fe en un eventual despertar de origen espiritual.

Otro ejemplo de epitafios dirigidos a los visitantes, encontrado en el recorrido por el Cementerio General, señala:

«Aquí Dolores Rondón finalizó su carrera. Ven, mortal, y considera las grandezas cuales son. El orgullo y presunción, la opulencia y el poder, todo llega a fenecer. Pues sólo se inmortaliza el mal que se economiza y el bien que se pueda hacer».

Cementerio General de Santiago de Chile

Las lecciones a los mortales abundan en los epitafios, sobre todo aquellas relativas a la levedad de ciertos valores y la trascendencia de otros. Aún así, convergen los escritos y varios de los símbolos que encontramos en muchos de los mausoleos: la muerte está cerca, inexorable, y los relojes de arena con alas que encontramos por doquier nos recuerdan que el tiempo vuela y que el tiempo vital en la experiencia terrenal es fugaz.

A estos particulares textos se les ha vinculado con la elegía, o se les nombra como poema del lamento, y de alguna manera han permitido sublimar el dolor que nos provoca el adiós definitivo. Hay un sinnúmero de epitafios famosos, escritos por y para personajes icónicos de nuestra historia. Destacan los de algunos escritores y escritoras que hicieron el ejercicio de crear su propio epitafio. Particularmente despertaron mi interés aquellos usados para referir al coraje del encuentro con el momento final, como en el epitafio de la escritora Virginia Woolf: «Contra ti me alzaré invicta e implacable, ¡oh muerte!»o algunos esperanzadores, como el de la escritora Sylvia Plath: «Incluso en medio de las llamas feroces se puede plantar loto dorado». También es posible encontrar algunos de referencia humorística o sarcástica, como el del escritor Molière: «Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien».

Para aquellos espíritus enciclopédicos y curiosos, Wikiquote ofrece un listado alfabético de algunos de esos epitafios memorables. Muchos de ellos inspiradores si tomamos como desafío escribir nuestro propio epitafio o pensamos en hacerlo para alguien más. Por otra parte, el sitio web del Cementerio General de Recoleta nos muestra un poco de la historia de este espacio, que fue fundado en 1821, y que se configura como un museo al aire libre con un alto valor patrimonial que nos enseña las características de un cementerio laico donde se conjugan todas las teologías e incluso pensamientos de culturas lejanas. Posee una galería de imágenes en la que podemos conocer sobre las obras que están en ese lugar y sus artífices, entre otros detalles interesantes.

Recorrer los cementerios y revisar sus epitafios nos permite explorar nuestro imaginario compartido, para así construir una cartografía del enigma que es ese gran y último viaje. El epitafio de F. Scott Fitzgerald, dice así: «Y así seguimos empujando, botes contra corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado».  Pienso en el epitafio de Huidobro  y me pregunto:  ¿hacia qué lugares de nuestro imaginario nos empujará esa marea, la del fondo del sepulcro del poeta?

 

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