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Oficinismo: «No me siento fan de la cultura pop porque no estoy al día con casi nada»

oficinismo

Del blog a las redes sociales, de las redes sociales a las ferias de ilustración, de las ferias de ilustración a las librerías. Esta ha sido la ruta de Denisse Valdenegro (AKA) Oficinismo que, a punta de historias cotidianas y reconocibles, ha elaborado un mapa de las carencias, anhelos y frustraciones de su generación.

Por Daniel Hidalgo.

Animales dibujados de forma realista, reflexionando sobre la vida y existencialismo de los humanos; patéticos y autodenominados poetas, carentes de obra y saturados de ego fantástico; un ratón sin dinero buscando sobrevivir a costa de los demás; parodias pop y cultas, un humor extraño derivado de las frustraciones de una juventud que se niega a pasar a la adultez. Son parte del particular bestiario que se pasea por las páginas de Oficinismo, una recopilación de trabajos de corte biográfico de la joven ilustradora de Buin, Denisse Valdenegro, recientemente editado por Montacerdos. Perteneciente a una nueva generación de dibujantes, reconocida en el circuito de las ferias de ilustración y debutante en el formato libro, conversamos con la responsable de estas viñetas en las que, de seguro, en más de alguna te reconocerás.

¿De dónde viene el nombre Oficinismo?

Viene de un blog que tuve el 2011, donde anotaba las cosas que me pasaban en una oficina en la que trabajé. Empecé a dibujar cómics el 2012, con otro nombre, en Tumblr, Gatoandaloop –mi “nombre de DJ” según un amigo, porque mi mail es gatoandaluz–. Cuando saqué el primer fanzine el 2013, un conocido me dijo que cambiara de nombre, porque “gatoandaloop” era demasiado complicado de recordar. Le hice caso y me quedé con Oficinismo, que fue el nombre del primer fanzine.

 

¿Cómo te iniciaste en el mundo de los cómics? ¿Tienes algo así como influencias?

De chica hice cómics, porque leía los de Disney, los de Los Simpson, los de Superman, los de la revista Cartoon Network, los de Garfield. Esas fueron mis primeras influencias, de hecho, en mis cómics usaba los mismos personajes que sacaba de esas revistas o de la tele, incluso Teletubbies dibujé; yo creo que por eso hago tantas parodias aún. Después, cuando volví a dibujar más grande fue por autores de cómic autobiográfico –aunque nunca se me dio bien la autobiografía– como Jeffrey Brown (Star Wars: Darth Vader e hijo), que dibujaba horrible al comienzo, algo que me dio la confianza para empezar. Luego conocí American Elf de James Kochalka y Lucky de Gabrielle Bell, obras que suelo releer, en que los autores se propusieron hacer al menos un cómic diario. Aunque eso fue bien inspirador, nunca lo pude lograr, pero igual dibujé gracias a ellos. Diario de Nueva York de Julie Doucet también es una obra muy inspiradora, muy completa. Sería bacán hacer algo así algún día. También me gustan y me han influenciado de alguna forma: Joe Matt (Peepshow), American Splendor, Transition de AlecLongstreth, Charles Burns y Katherine Supnem.

En tu blog podía leerse «Cómics y leseras desde Buin», ¿sientes que ser de Buin te define a ti y a tu obra de alguna forma determinada?

Sí, siento eso. Buin tiene un ritmo súper distinto. Ha llegado mucha gente nueva a vivir y aún no deja de ser Buin. No sé si hablo tanto sobre ser buinense en mis cómics; a pesar de que me identifico harto con este lugar, no salgo mucho de mi casa (solo para la semana buinense y para el 18). Mi casa es Buin, y con esto no quiero decir que Buin es mi casa, sino que mi casa es Buin. Es mi lugar favorito, donde baso hartos de mis dibujos, incluidos los perros, que salen en el libro. Decir que los cómics vienen de Buin es decir que vienen de un lugar tranquilo, a menos de una hora de Santiago.

Luego del blog y las redes sociales, empezaste a tener una amplia presencia en ferias, ofreciendo tus fanzines, ahora pasas a estar en librerías. ¿Qué tal han sido estas experiencias en distintas plataformas?

Me gusta el fanzine, pero es mucho trabajo que hay que vender barato, si no, muy poca gente lo compra. A veces lo pasaba bien imprimiendo, doblando y corcheteando mientras escuchaba música, pero, por ejemplo, fue un cacho sacar 100 revistas de 40 páginas, no pasaban los corchetes y se rompían las tapas. Ahora siento que estoy descansando un poco de eso, recargando energías. Lo que me gusta del libro es que lo hicieron y lo distribuyen otras personas. Es cómodo. Eso es lo único que sé hasta ahora.

Cuando uno mira la historia local del cómic, observa que hay una cantidad casi nula de mujeres dibujantes, en años más recientes esto ha ido cambiando. ¿Te sientes parte de una nueva generación de mujeres del cómic?

En la ilustración hay muchas mujeres, pero no todas se animan a hacer cómics. De todas formas, sí, me siento parte de una generación de mujeres del cómic, porque fueron mujeres las que me invitaron a participar de este mundo y son mujeres las que me motivan a seguir. A veces me da vergüenza no estar a la altura de ellas o que muchas personas piensen que soy hombre y que a ellas no les pase lo mismo. De alguna forma u otra me siento cercana a autoras como Katherine Supnem, Noir Yaguara, Dachatte, Sofía F. Garabito, Keimara –que es de la generación que viene–, Desobediencia Visual. O quizás más que cercanía es admiración. Todas son autoras muy distintas y muy buenas.

La presencia de los poetas como sujetos patéticos, aspiracionales y carentes de obra es una constante en el libro. ¿De dónde viene esta idea de los poetas, considerando ese slogan tan propio que dicta que Chile es un país de poetas?

De una etapa en mi vida en que compartí con poetas de cerca y tuve la oportunidad de carretear con ellos. Casi todo lo que cuento en País de poetas es calcado, un robo de las cosas que vi y que escuché. Me da risa. En todo caso, fue divertido estar ahí organizando lecturas, viendo peleas, escuchando los mejores pelambres de la vida. No tengo cómo saber si Chile es un país de poetas, tendría que comparar con otros países, pero sí te encontrái siempre con uno, donde sea y eso es bacán, casi siempre es gracioso. La relación de ellos mismos con Chile también es fascinante: aunque se vayan a vivir a México, enojados, igual quieren ser los mejores poetas de Chile. Al menos ese tipo de autores me tocó conocer.

Muchos pasajes del libro tratan el tema del tedio, el aburrimiento, el existencialismo y el sinsentido de la vida cotidiana, a través de temas comunes, reconocibles. ¿Qué te inspira a escribir estas historias?

Mi vida fome, ver internet, responderle a la gente de internet con la que en realidad no interactúo, responderme a mí. Puros ejercicios y reflexiones que vienen de la soledad.

 

 

Por otra parte, Momentos Rata habla de esa época entre que estudias y te pones a trabajar, el dinero es esquivo y terminas transformándote en el amigo barza. ¿Tuviste alguna inspiración cercana?

Sí. Ramón está basado en un amigo que es así (y que tiene un cameo junto a Ramón en la tira Alimentación). Él fue la primera persona que vi que le dijeran “rata” en su cara. Pero también está basado en mi papá, en mí, en otros amigos y amigas. Son cosas súper comunes al final porque todos nos hemos sentido ratas al momento de ahorrar plata, por ejemplo, y a veces cuando otras personas nos pasan a llevar en el trabajo; es como sentirse poca cosa también. Creo que los personajes de Momentos Rata se sienten bien poca cosa cuando no están tomando.

Oficinismo es un cómic lleno de referencias, algo así como un meta cómic que cita películas, literatura, otros cómics, ¿Esto es intencional o es lo que te nace? ¿eres fan de la cultura pop? 

Las referencias suelen aparecer de repente, nunca las tengo en mente desde antes, a menos que sea derechamente una parodia como cuando dibujo a Condorito. No me siento fan de la cultura pop porque no estoy al día con casi nada. Creo que lo poco que consumo lo integro en los cómics si me parece gracioso.

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