El apoyo mutuo. Un factor de evolución

Por Rubié Buratti, Mediadora de lectura BV Norte

Conocí a Piotr Kropotkin (Moscú, 1842) en la universidad, específicamente en un ramo de Geografía Física de primer año. Estudié su faceta de geógrafo y sus aportes para comprender el espacio como un fenómeno social dinámico e inacabado.  Luego, entre mis círculos de amistades más críticas,  descubrí que Kropotkin era también un teórico del anarquismo y para mi asombro, uno de los principales. Era el 2011, emergía con fuerza el movimiento estudiantil en Chile y se hablaba de La conquista del pan (1892) y La moral anarquista (1889) como la panacea libertaria que debíamos leer.  Para ese entonces no profundicé más en su obra, puesto que me parecía solo un pensador más entre los miles que tenía en mi carga académica de universitaria primeriza y atareada. Además, esta filosofía no tenía mucha popularidad en mi horizonte político. 

Llega a mis manos El apoyo mutuo. Un factor de evolución (Pepitas de calabaza, 2018) un día cualquiera de trabajo en la biblioteca. Me tocó ingresarlo a nuestra colección y decidí revisarlo para ejercitar el siempre placentero acto de reminiscencia, y ver qué nuevas claves y sentidos me otorgaba este libro, ahora al calor del estallido social en curso. Una semana después se desataba la pandemia del Covid-19, se paralizó el trabajo, se sugirió cuarentena preventiva, y ahí estábamos el señor Piotr y yo, cara a cara nuevamente, sin nada que se interponga.

Independientemente de su activismo, como todo estudioso del siglo XIX Piotr tuvo por tópico protagonista, y piedra angular de toda su investigación, la evolución, aquella discusión gravitante que dio a luz a casi todas las elaboraciones teóricas de una humanidad que comenzaba a disfrutar —y a sufrir— los primeros efectos de la industrialización, de la expansión europea hacia otros territorios, la formación de los Estados Nación, junto con la paulatina y acelerada integración económica global.

Era una urgencia intelectual evaluar el curso de la civilización occidental, destacar hasta dónde nos estaba llevando el progreso material junto con la racionalidad científica y poder dilucidar qué era lo natural y qué era lo social en nuestro desarrollo humano. En síntesis, urgía un argumento científico que viniese a confirmar que los seres humanos, al igual que los animales, se adaptan en el medio y los más aptos sobreviven y evolucionan y los menos aptos se extinguen en el camino. Por esta razón es que el debate inicial del libro se centra en la crítica, diálogo y  las referencias a Charles Darwin, pero principalmente a los darwinistas sociales, es decir, a sus intérpretes. Quienes basándose en su famosa teoría sobre la lucha por la existencia entre las especies, la extrapolaban a diferentes disciplinas científico-sociales y simplificaban la compleja historia de la evolución humana a ese único factor, justificando y dándole un sustento biologicista al dominio de Europa sobre otros pueblos. A mí parecer, es aquí donde se fermenta la idea de la supremacía racial blanca, pero este tema da para una discusión infinita. 

Kropotkin, por su parte, dedica su vida intelectual a estudiar otro factor en la evolución de las especies, el apoyo mutuo para la existencia. En este sentido, el pensador ruso no intenta derribar y contraponer este factor al de la lucha por la sobrevivencia que brillantemente expuso Darwin, sino que complementarlo y relevar este principio al sitio que merece por lo determinante que resulta la cooperación y solidaridad mutua entre seres de la misma o diferentes especies. Lo plantea como un rasgo de sociabilidad que tenemos en común todos los animales y que viene a inaugurar una suerte de moralidad instintiva. 

Dividido en siete capítulos, el libro muestra ejemplos y datos de observación de muchas especies del reino animal, incluyéndonos. Creo que eso es una de las características más alucinantes de este libro. Me devolvió una párvula fascinación por los insectos, las aves y los mamíferos. Asombrada por los ejemplos de cooperación para la caza, recolección, seguridad ante depredadores, migraciones, vivienda y apareamiento de muchas especies, me sentí a ratos como viendo un clásico documental de Discovery Channel, pero también compartiendo esa impresión prístina con Piotr como viajero y extranjero ante la inmensidad de parajes desconocidos o poco explorados hasta ese entonces. Fue un viaje en el espacio/tiempo, una lección histórica, antropológica y ética sobre nuestro origen. Este libro me hizo volver a la esencia misma, a pensarme como un animal más entre tantos que habitamos el planeta y a escudriñar sin el velo de la vanidad especista en lo que somos y en lo que no.  

Ayuda mutua para un interés en común, la sobrevivencia y la conservación de la especie. Asumirse frágil y dependiente de otros. ¿No es acaso la lección que nos está haciendo aprehender esta pandemia y crisis humanitaria? Esta coyuntura nos está demostrando que la forma en que nos organizamos y sostenemos la vida no es la única posible, no es el destino ineludible de la humanidad. Los ríos retoman su curso, las estaciones vuelven a marcarse, animales considerados extintos reaparecen, la atmósfera se limpia poco a poco. Todo esto gracias a nuestro encierro y el repliegue de nuestras actividades. ¿Será que podemos hacerlo mejor? Cuidarnos y cuidar a los demás es la premisa: miro nuestros barrios, las redes de solidaridad que se levantan para ayudar a quienes no pueden atravesar esta crisis solos y solas, pienso en las rifas, los grupos de contención psicológica, la cooperación internacional entre países, los huertos comunitarios y todas aquellas iniciativas levantadas por una empatía auténtica que deja atrás el individualismo y egocentrismo exacerbado. Algo tan pequeño como un virus, viene a remover en cuestión de días todo aquello que nos aleja de lo común y de lo mutuo, aquello que nos aísla y nos hace competir. 

No quiero terminar sin antes mencionar lo maravillosas que son las hormigas. 

 

 

 

Autor: Piotr Kropotkin

Editorial: Pepitas de calabaza

Año: 2018