El bandido del colt de oro

Por Diego Muñoz, director de BV Tobalaba.

No hay caso. Resulta inverosímil escribir sobre un libro que adoras en menos de tres horas. De ser posible que las reseñas tuvieran un título, esta se llamaría De cómo logré escribir una reseña precipitada en unas horas o Una reseña más rápida que el gatillo de Jesse Moonlight, El bandido del colt de Oro. Sin querer partimos bien, el posible lector ya maneja dos cosas del todo importantes: hay una pistola  hecha de noble material, esta es operada por un forajido. Lo primero es un hecho, el arma –por sorprendente que parezca– es de oro. Lo segundo, aunque cierto sea, es de una miseria inaceptable, porque la historia de Jesse Moonlight no se puede contar a partir de la dualidad bíblica de buenos o malos,  aquí hay más capas, unos tantos niveles de interpretación, como suele ser en todas las buenas historias sobre vaqueros.

Como lo dejé ver al comienzo de este escrito, no tengo mucho tiempo, así que pasaré directamente al argumento central: la familia Moonlight decidió vivir lejos de los hombres, cultivando la tierra y criando ganado. Tuvieron dos hijos, nuestro protagonista y su hermano Henry. Ambos vivían infancias plácidas, rodeados del amor y la protección que brinda una familia. Pero no hay que ser un experto en el género western para saber que cualquier inicio en que abunde la bondad y la tranquilidad, es solo una mueca forzada para pasar a la verdadera narración, esa que se escribe con sangre, metal y  pólvora. Así que permitiré un corte de escena y adelantaré  hasta el conflicto que cambia drásticamente este breve locus amoenus. Los progenitores, guardianes de este paraíso familiar, son asesinados por bandoleros sin honor y hambre de violencia. El padre, antes de morir, le entregará a Jesse una magnifica pistola de oro, recuerdo de su pasado al margen de la ley, y a Herny le regalará un viejo sombrero. Estos gestos sellarán sus destinos.

No hay caso. Resulta imposible escribir sobre un libro que adoras en menos de tres horas. De haber tenido un poco más de tiempo, me hubiera inclinado por considerar el mapa de ideas que hice para orientar mi escritura. Ahí el problema, no guardé la hoja donde anoté mis apuntes y en mi memoria se posicionan falsas evocaciones y lagunas. Así que tendré que conformarme con esto: siempre he sentido una atracción particular por las historias de boxeadores, escritores, detectives y vaqueros. Los últimos mencionados me fascinaban con particular devoción. Ahondado en lo profundo de mi psiquis, logro sacar a flote algunos procesos o hechos inconscientes que pululan en torno a esta fijación. Nací en la séptima región, en el Valle Central, tierra de huasos y rodeos. Cosa que vendría a ser lo más cercano a los vaqueros y el wild west. Cuando chico –influenciado por mis hermanos mayores– vi quinientas veces Young Guns (que por acá se tradujo como Demasiado jóvenes para morir), película que fabulaba las peripecias de Billy The Kid y su pandilla. Así que ahí andaba como tonto disparando con pistolas hechas de palos o de fierros. Esto me empujó a batirme a duelo con un compañero de curso que estaba enamorado de la misma niña que yo. Resumen: caí derrotado vergonzosamente, sus balas imaginarias impactaron certeras en mi cráneo antes que las mías lograran hacerle un mísero rasguño. Fue así como perdí el honor y a mi primer amor. Recuerdo que se llamaba Paz y que la amaba, o al menos eso creía. Entonces, resulta obvio, que quiera hablar sobre El bandido del colt de Oro. En sus páginas asoman todos mis traumas de infancia y con ellos, todo mi imaginario de cowboy frustrado.

No hay caso. Resulta imposible hacerle justicia a un libro que adoras en menos de tres horas. De haber sido bueno, ordenado y correcto, podría haberme detenido en su excelente factura, en la editorial que lo publica o en su indudable calidad narrativa que pone el acento en lo trágico y los grandes sentimientos de lo humano. Asimismo, por qué no, no hay desperdicio alguno en hablar de su autor, Simon Roussin, quien oficia de escritor e ilustrador de manera sólida. De igual forma, podría explayarme sobre las ilustraciones, que recuerdan a las pinturas fauvistas del siglo XIX, caracterizadas por un empleo provocativo del color. De ahí que Roussin opte por usar lo que nosotros conocemos como lápices scripto para dar vida y movimiento a los personajes de esta historia.

No hay caso. Resulta imposible hacerle justicia a un libro que adoras en menos de tres horas. Así que terminé escribiendo sobre cómo escribir una reseña en poco tiempo, con sueño y pensando en las esperanzas que depositaron en mí quienes me encargaron esta misión. De no parecerles mi texto, y tal como reza la tradición, no tendré problema alguno en tomar mi guante, abofetearlos y desafiarlos a un duelo. Como lo habría hecho Jesse Moonlight, Billy The Kid, Butch Cassidy y yo, que en cada combate siento que me acerco más a Paz. La dulce y pequeña Paz.

Importante: recomiendo mucho este libro. El lector hallará las razones de esto sin guía o recomendación alguna. Las dos únicas cosas dignas de saber ya fueron mencionadas: hay una pistola  hecha de noble material, esta es operada por un forajido.

Autor: Simon Roussin

Editorial: Libros del Zorro Rojo

Año: 2014