El Chal

A pesar de que Cynthia Ozick es una de las más destacadas escritoras norteamericanas vivas, su obra es poco conocida en castellano. El chal, un volumen que reúne un cuento breve -que le da el título al libro- y una nouvelle, es probablemente la mejor elección para iniciarse en la lectura de esta gran autora estadounidense de origen ruso.

La escritura de Ozick ha sido destacada por la precisión de su lenguaje, por lo sugerente de sus imágenes para describir emociones intensas. La belleza de los textos de este libro está dado, justamente, por cómo logra presentar un tema que se ha abordado infinidad de veces -el holocausto- de manera tal que el lector queda impactado con el desgarro que arrasa a la protagonista.

La potencia del relato se debe al uso de un lenguaje riguroso, con imágenes que más que describir hechos -algunos de los cuales incluso podrían parecer menores-, insinúan con sutileza el enorme drama que se esconde tras ellos. Este efecto destaca, sobre todo, en lo vívido de los personajes, que permanecen en la memoria del lector con solo unos pocos y breves trazos.

Cynthia Ozick, escritora estadounidense. Foto: El Cultural.

En las menos de cinco páginas de El chal, Ozick narra el episodio que quiebra la vida de Rosa Lublin. La joven camina rumbo a un campo de exterminio con Magda, su bebé, escondida en su pecho y cubierta con una manta que la tranquiliza y que pareciera alimentarla, ya que la pequeña nunca emite queja alguna ante el hambre que la acosa. Las acompaña Stella, la sobrina de “las piernas de palillo”, cuya descripción da inicio al relato e introduce el espanto que gatillará la adolescente: “Stella, fría, fría, la frialdad del infierno”.

A continuación, en la nouvelle titulada con el nombre de la protagonista, Rosa reaparece treinta años después, en EE.UU., donde se ha mudado tras el fin de la guerra. Vive en Florida, abandonada de sí misma en un mundo en el que entremezcla realidad y fantasía, y en el que se consuela escribiendo cartas a su hija, a quien imagina en distintas circunstancias felices. Su razón de ser es exclusivamente la ausencia de Magda, y ahora más que nunca, dado que acaba de recibir el chal. “Rosa, créeme, va siendo hora de que tengas una vida”, le escribe Stella en la carta que le envía junto a lo que queda de la manta. Sin embargo, para Rosa ya no hay futuro posible: “Una vez pensé que lo peor era lo peor, que después de aquello nada podría ser peor. Pero ahora veo que, incluso después de lo peor, hay más”. Y es que el dolor de Rosa está más allá de lo que los otros pueden comprender, es un desconsuelo tan profundo que la lleva a negarse con vehemencia a ser tildada de “sobreviviente” o “refugiada”, porque su horror no es solo uno más, es el único.

[Reseña por: Andrea Viu, periodista de la Universidad de Chile. Magíster en literatura latinoamericana y lingüística hispana por Brigham Young University]