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El Río

Reseña por Diego Muñoz, director de BV Tobalaba.

Hace un tiempo atrás, tal vez unos cuatro años, me quedé afuera de una entretenida sobremesa por no conocer nada del libro que se había puesto como tema central de conversación. Por lo que dediqué todos mis esfuerzos a tomar post-it mentales de lo que escuchaba: “Cuando se publicó por primera vez en 1962 no fue muy bien recibido por la escena literaria, especialmente por la Generación del 50”, “lo escribió mientras estaba preso en la cárcel de Valparaíso cumpliendo una de sus tantas condenas”, “en 1974 fue reeditada por la prestigiosa editorial Gallimard con un prólogo de Pablo Neruda donde el poeta le daba la categoría de «clásico de la miseria»”, “por la menor calidad literaria que presentan sus secuelas, existen rumores de que fue escrita con la ayuda del hoy reconocido psiquiatra Claudio Naranjo”, “se dice que su autor fue partidario de Pinochet”, “es uno de los libros que más me ha gustado, pero también el que más me ha costado leer”.

Mientras quedaba de ignorante en silencio –por lejos, lo mejor que puedes hacer en estos casos–, decidí que tenía que leer ese libro.

Una semana después llegó a mis manos la novela en cuestión, El Río, del olvidado pero a la vez mítico escritor Alfredo Gómez Morel. Lo leí tan rápido como me lo permitieron mis otras responsabilidades, y pude comprobar, en primera persona, que el libro era mucho más que el cahuín que lo envolvía.  En sus páginas  –repletas de crueldad, marginalidad y violencia– se narra con un lenguaje claro y directo la vida de un hombre que, buscando su lugar en una sociedad que le da espalda, termina enamorándose de sus márgenes: de esas esquinas oscuras y afiladas que no decoran ninguna postal turística y que el fotógrafo Sergio Larraín supo retratar en toda su crudeza.

Los niños del Mapocho. Santiago, 1957. Sergio Larraín/Magnum Photos

Retomaré la conversación del comienzo, esa en que quedaba de silente e ignorante, para evocar que también fue ahí donde escuché que se estaba trabajando en una adaptación gráfica de esta novela. ¿Quién estaría a cargo del guion y el dibujo? José Gai, escritor e historietista, autor de textos de distinta índole, pero conocido en materias del arte secuencial por El Capitán Garra (Tajamar, 2010), cómic nacional de aventura muy celebrado por los entendidos de estas ligas.

Pero, ¿qué capítulos elegir para condensar una vida plagada de episodios telenovelescos? Recordemos que estamos ante la autobiografía de un hombre iniciado sexualmente con su madre, una prostituta que lo abandonó a los dos años en un conventillo de San Felipe. Y, como si esto fuera poco, luego vendrán la vida en el orfanato y las sodomías reiteradas de los curas. Finalmente, será la dura vida de los niños que viven bajo los puentes del Río Mapocho,  la escuela donde aprehenderá los códigos necesarios para iniciar una larga carrera delictual en los bajos fondos capitalinos.

Para esto Gai despliega un trabajo de síntesis notable, logrando extraer lo medular de la obra sin perder las singularidades y asperezas del estilo escritural de Gómez Morel. Resolviendo a la  perfección el complicado ejercicio de reducir una novela que toca tantos temas y en distintos niveles. Fuguet –uno que le ha prestado harta ropa a este relato– menciona que de existir “eso que los críticos llaman novela-río, es decir, esas narraciones totales, ambiciosas, que todo lo abarcan, este es un ejemplo claro y preciso.”

Para el trabajo gráfico, Gai opta por un dibujo en blanco y negro que logra ser un fiel y duro retrato del empobrecido Santiago de la primera mitad del siglo XX. Prostíbulos, sótanos policiales ocupados para torturar con corriente a los pelusas que eran sorprendidos robando y el submundo de las cloacas repletas de niños abandonados a su suerte son retratados de manera resuelta por el trazo fresco y seguro que oferta la mano de este historietista.

Este año, con la Furia del Libro como background, estuve en el lanzamiento de esta adaptación. Para mi asombro –ya que asumí que los textos introductorios podrían estar a cargo de académicos o ilustradores–, el libro fue presentado por Francisco Estrada, exdirector del Sename, y por Jaime Concha, médico sobreviviente de abusos eclesiásticos, quienes entregaron datos durísimos sobre la vida que llevaban los niños de la época y a los peligros y depravaciones que están expuestos los menores de hoy. Porque, de reflexionarse, siguen siendo los niños y los ancianos los sectores más vulnerados de nuestra población. De esto último dio fe el mismo Gómez Morel en una carta publicada en La Segunda el 11 de marzo de 1978:

“Soy un escritor de 61 años y padezco en estos momentos de una parálisis braquial severa, que me impide para siempre volver a escribir. No tengo ningún tipo de previsión y estoy en la miseria más absoluta. El año 62 publiqué un libro llamado El Río, que tuvo gran resonancia internacional, e incluso se tradujo al francés. Actualmente estoy tratando de obtener que Su Excelencia me conceda una pensión de gracia para poder vivir junto a mis pequeños, que hoy no tienen qué comer.”

“Su excelencia”, que no era otro que Pinochet, ese mismo que se inventó una vida intelectual y literaria sustentada en sus portentosas bibliotecas robadas, le negó la pensión. Seis años después, el 15 de agosto de 1984, falleció en miserables condiciones en una de pieza de La Pintana. Su cuerpo estuvo varios días sin reclamar.

Autor: José Gai

Editorial: Tajamar

Año: 2018