Ella estuvo entre nosotros

Por Ismael Rivera L., mediador de lectura BV Tobalaba

La muerte es un tópico ampliamente trabajado en la literatura. Es lógico. Es la única certeza que tenemos al momento de nacer, es también lo que iguala a cada ser vivo. La muerte es también un tabú, a pesar de su certeza. Se evita a los muertos como se evita un bache en el camino en medio de una conversación. Para qué indagar, qué desubicado preguntar. Al final, todos llevamos un muerto encima, todos cargamos con alguien en ese recuerdo que no se repite, ni se repetirá, como una sentencia que nos obliga a recordar, para no olvidar, para tenerlos aún entre nosotros. Dicen que un muerto muere cuando se le olvida.

Es en este tabú y permanente silencio sobre el cual se sitúa la narradora de Ella estuvo entre nosotros, novela debut de Belén Fernández Llanos (Santiago, 1986), publicada recientemente por Ediciones Overol. Una niña que se ve enfrentada a la muerte de su madre y obligada a asumir la realidad impuesta, la infancia perdida por la realidad circundante. 

El título de la novela nos remite de entrada a un poema de Jorge Tellier, abrazando acaso ese aire lárico con que Fernández Llanos vuelve a su madre. Una especie de homenaje en frío, tal vez forjado en la distancia que el calor arroja sobre lo desvanecido: 

Ella estuvo entre nosotros
lo que el sol atrapado por un niño en un espejo.
Pero sus manos alejan los malos sueños
como las manos de la lluvia
las pesadillas de las aldeas.

Sus manos que podían dar de comer
a la noche convertida en paloma.

Era bella como encontrar
nidos de perdices en los trigales.
Bella como el delantal gastado de una madre
y las palabras que siempre hemos querido escuchar.

Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.

Sus huellas perdidas
tras una puerta herrumbrosa
cubierta de azaleas.

Imágenes como las de este poema son habituales en esta novela, el delantal y el olor de la madre más allá de su ausencia, persisten. La presencia de esta ausencia como un silencio impuesto, los recuerdos creados para poder seguir de pie, maquillando la memoria para asimilar la pena. La importancia de un molde de queque, el que más allá de su utilidad es un recordatorio de lo que ya no está. 

Belén Fernández nos habla mediante una narración aparentemente lejana al melodrama, no por eso menos íntima,  y desde la crudeza del crecer de golpe, sobre una historia de precariedad afectiva y de sistema. Nos obliga a preguntarnos: ¿Cuánto daño ha hecho la exclusividad de acceso a la salud en las vidas de miles? ¿Cuánto silencio familiar sigue asumiendo el horror como forma de muerte? ¿La precariedad? ¿Qué pasa por la cabeza de una niña cuando paga por tener información y formación para entender la enfermedad? ¿Cuánto entiende su padre su concepción de Hombre al ser mero espectador de muerte? La narradora no pierde su agudeza a pesar de esa inocencia robada, y, creo, aquí recae el mayor mérito de esta novela. Una cotidianidad que duele.

Autor: Belén Fernández Llanos

Editorial: Overol

Año: 2019