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50 años de Anagrama: un listado personal

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Durante todo este año, la editorial española Anagrama ha celebrado su medio siglo de existencia. Entre fiestas y un nuevo catálogo reunido bajo el nombre de Compactos 50. El escritor Daniel Hidalgo articuló su propio listado de los hitos de la editorial y del impacto que ha tenido en su vida como lector.


Que fue el evento literario más exclusivo de la historia. Que también el más excéntrico. Que el pasado 26 de septiembre, en la siempre convulsiva Barcelona, se llevó a cabo la gran fiesta de los 50 años de la editorial Anagrama y que estuvo llena de algo que, al parecer, llaman glamour. Que Jorge Herralde fue el foco, encarnando al anfitrión y a la pieza en exhibición al mismo tiempo. Pero que también sus invitados, una verdadera vitrina de novedades de una librería: Richard Ford, Emmanuel Carrère y Yasmina Reza, entre más de 200 nombres de todo el catálogo editorial y de la escena literaria española.

No ha sido la única celebración que la editorial de Herralde ha llevado a cabo por su medio siglo de existencia. Desde el primer semestre de este año, han arribado a los estantes libreros, bajo la etiqueta Compactos 50, una notable selección de obras que han marcado la historia de la editorial barcelonesa a través de su colección Compactos. Se trata de reediciones de llamativa factura en las que se repasan sus ya clásicos de William Faulkner, Tom Wolfe, Amélie Nothomb y Hunter S. Thompson, por mencionar algunos.

Será por esta larga historia, que todos tenemos una propia con Anagrama.

La mía partió con un ejemplar de Pulp de Bukowski, hace casi dos décadas. Lo vi sobre una pañoleta de una feria de antigüedades y me lo llevé a mi pieza de adolescente. Ya no lo tengo, lo presté y no volvió. Ahora dudo de si era original o pirata, recuerdo que me salió barato, la mitad de mi mesada.

Le siguió, poco después, otro del Buko: La máquina de follar. Fue un poco convencional regalo navideño. Aunque creo ahora estar confundido, pudo ser también A Sangre fría de Capote, aunque este también pude habérmelo quedado, sin querer, tras pedirlo en una biblioteca.

Motivado por las películas, Trainspoting de Irvine Welsh y Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides, se transformaron en paradas obligatorias.

Fue en mi último año de liceo, cuando ya me había dispuesto a convertir en un lector de tiempo completo, que me encontré con Bolaño. La inquietud nació de la visibilidad que alcanzaba Los detectives salvajes en la prensa cultural, a punta de comentarios eufóricos replicados de distintas latitudes, lo volvieron prácticamente una obligación. Era un libro carísimo y tuve que ir a una cadena de librerías que quedaba a una hora de mi casa a gastar lo que terminaron siendo tres mesadas ahorradas meticulosamente. Los detectives salvajes se convirtió tempranamente en un códice personal con el que nos fuimos encontrando diversos lectores, en busca de esa nomenclatura generacional.

Bolaño murió poco después.

Un ejemplar de los cuentos El gaucho insufrible, llevaba esperando ser catalogado durante los últimos tres años en la biblioteca de un colegio en el que hice clases de literatura. Me costó todo un semestre tomar la decisión y hasta articulé minuciosamente un plan que permitió quedármelo. Aún lo conservo impecable.

Antes de eso y por una serie de razones, fueron apareciendo, poco a poco, los autores latinoamericanos contemporáneos, las letras hispánicas y los premios Herralde en mi biblioteca móvil, que durante esos años figuró la mayor parte del tiempo embalada en cajas distribuidas entre Valparaíso y Santiago. Eran años en que ya estudiaba en la universidad y supongo que, por eso: por la falta de tiempo para leer libremente, pero por sobre todo la de dinero, que fui contagiándome de cierta animadversión generacional y territorial de clase hacia Anagrama. Un estado de resentimiento puro. Si bien, muchos otros libros de Bolaño se asomaron –recuerdo Putas Asesinas, Llamadas Telefónicas, Amuleto–, así como también lo hizo la monstruosa Respiración artificial de Piglia –novela que fotocopié para un curso de la carrera– y alguno de Juan Villoro –el que me prestaron y no devolví–, la imposibilidad de comprar la recién salida 2666, que costaba prácticamente todas las mesadas que ya habían dejado de darme, me llevó no solo a dejar de comprar anagramas sino a no emocionarme en absoluto cuando los locales Alejandro Zambra y Patricio Fernández se sumaron a su catálogo.

En mi anacrónico espíritu anarco punk, si no compraba libros de Anagrama, la cadena del libro se destruiría y habría que partir todo de nuevo, esta vez con libros baratos, al acceso de todos pero, por sobre todo, de los lectores.

¡Jolines, tío! No quería saber nada de Anagrama.

Me reencontré con la editorial años después, cuando ya trabajaba y exhibía mis primeras canas. Era un burgués culposo y endeudado y fueron justamente deudas pendientes como El Imperio de Kapuscinzky, El nuevo periodismo de Tom Wolfe y Miedo y asco en las vegas de Hunter S. Thompson, algo de los beatniks, quizá, los que se fueron incorporando al estante.

En particular recuerdo La conjura de los necios de John Kennedy Toole, novela hermosa y emblemática sobre el outsider que recibí como regalo de cumpleaños de parte de dos jóvenes amigos que se asociaron en su compra y viajaron a casa de mis padres en Valparaíso para entregarme.

La segunda ola de mi relación con Anagrama fue cuando descubrí, efectivamente, nuevas lecturas como la particular trilogía en cinco partes de Douglas Adams, su Guía del autoestopista galáctico, o la hermosísima novela de Belén Gopegui, Deseo de ser punk¸ la patada pop que es Cosas que hacen bum de Kiko Amat, o esos clásicos instantáneos que son Perras sabias de Virginie Despentes y Jack Frusciante ha dejado el grupo del italiano Enrico Brizzi.

Por esas fechas me llegó de regalo un libro color crema de Vila-Matas que, para ser sinceros, aún espera por ser leído pero también un anagramita naranjo de Nick Hornby titulado 31 canciones. Es justamente eso: 31 ensayos sobre canciones que marcaron en algo su vida de melómano. Como si en un listado se escondiera una vida. Ahora que lo menciono, probablemente sea el autor del que más libros Anagrama tengo. Poseo hasta dos ediciones de Alta Fidelidad y se ordenan cromáticamente junto a la teenager Todo por una chica, la futbolera Fiebre en las gradas, y la espectacular Funny Girl. Lo cierto es que aún no la leí.

Como tampoco he leído la saga de Karl Ove Knausgård. Lo siento. Realmente me avergüenza. Porque a quien me lo prestó le dije que sí lo había leído y hasta tuvimos una conversación durante unos minutos al respecto cuando vino a buscarlo.

Mi último Anagrama es El sistema del tacto de Alejandra Costamagna. Por alguna razón es el primero que no cabe en la sección anagramas que tiene su propio espacio en la biblioteca, siempre que no sea parte de la sección autoral porque en esas se mezclan ediciones y se ordenan por orden alfabético. Es por esto que aún se encuentra ahí, en el pequeño librero bajo mi velador.

Revisa la lista de los Compactos 50 aquí.

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